Pasatiempo en los Cárpatos

 

Desde la publicación en 1897 de la novela Drácula, el tema vampírico no ha hecho sino aumentar constantemente en popularidad a lo largo de las décadas. De ser tan solo un puñado de cuentos a finales del siglo XIX ha pasado a estar presente en todas las manifestaciones culturales de occidente, abarcando múltiples formas y variantes en el proceso. Desde el nacido en los comics Blade hasta los blandos y denostados vampíros de la saga Crepúsculo, pasando por las novelas de Ann Rice y por docenas de adaptaciones cinematográficas de la obra original, los bebedores de sangre han pasado a formar parte de la cultura popular de medio mundo. En el ámbito lúdico también podemos jactarnos de tener un acervo vampírico bastante poblado, con el juego de rol Vampiro: La Mascarada (y su criticado reinicio, Requiem), la ambientación de Ravenloft para D&D o el muy reciente juego de construcción de mazos Nightfall. Ahora, con fines mucho menos ambiciosos, pero fieles a la tradición original, los chicos de la editorial Darbel nos traen un sencillo filler de tema vampírico para chupar sangre y clavar estacas en esos ratos tontos de quince minutos en los que nunca tenemos claro qué hacer. Hablamos de Ajo y Agua.

El juego pone a los jugadores en la piel de una serie de condes y condesas que están reunidos en un castillo a finales del siglo XIX. Ellos no lo saben, pero pronto averiguarán que uno de ellos es un vampiro, y deberán acabar con él antes de que él haga lo propio con todos los demás. Al principio de la partida cada jugador recibirá dos cartas de identidad: una pública, con el escudo nobiliario de su casa, y otra secreta, en la que se le dice si es un conde o condesa mortal o un vampiro. Cada noche, el vampiro morderá a alguien, incluso a sí mismo para despistar, y cada día los jugadores tendrán una oportunidad de encontrarlo y acabar con él.

 

Cinco condes y un vampiro. Comienza el espectáculo.

 

La partida se divide en rondas, formada cada una por tantos turnos como jugadores, y los turnos se dividen a su vez en días y noches. El día de cada jugador comienza robando una carta. Tras esto podrá realizar una acción, que puede ser usar una carta o colocar ante sí un mazo o una estaca, que son las armas que hay que tener para poder acabar con el vampiro. Además, se podrá acusar a otro jugador de ser vampiro y atacarlo con el mazo y la estaca, acabando con él al hacerlo. Si se acierta con el vampiro ganan los condes, pero si se elimina a un conde el jugador que ha matado a otro por error es penalizado.

 

Las cartas que usaremos para descubrir al vampiro, atacarlo o defendernos de él.

 

En la fase de noche cada jugador jugará una carta en secreto. Los condes deberán usar una carta de ovejita, que indica que no atacan a nadie. Tan solo el vampiro puede jugar cartas que impliquen atacar a alguien. Puede atacarse a sí mismo o, una vez por ronda, no atacar a nadie, para despistar a los condes. Así transcurre el juego ronda tras ronda, hasta que los condes averiguan quién es el vampiro y acaban con él, o este consigue morder a los demás. Una vez quedan en la partida solamente un conde y el vampiro, se considera que ha ganado este último.

 

Las cartas con las que indicamos a quién atacamos, según su escudo, o que no atacamos a nadie.

 

Ajo y Agua admite desde cuatro hasta seis jugadores, aunque probablemente cuatro sea el peor número para jugarlo, ya que reduce enormemente las posibilidades y las dudas sobre quién puede ser el vampiro. Se nos presenta en una cajita pequeña, del tamaño muy parecido a las de, por ejemplo, Tichu, El Hobbit (el de Martin Wallace), Toma 6, Qwixx o Schotten-Totten. Dentro viene un folleto con las reglas y 120 cartas que, por poner una pega, son un poco más finas de lo que cabría esperar pero están ilustradas con un estilo caricaturesco muy simpático. El juego es un filler que no dura más allá de los 15 ó 20 minutos, que por su dinámica de juego y sus roles ocultos recuerda un poco a Bang! o La Resistencia, siendo, eso sí, bastante más ligero que estos y con una duración de partida bastante menor, lo que, en ocasiones, también se agradece.

 

 

Deseamos mucha suerte a los amigos de Darbel, a los que tuvimos la suerte de conocer en persona en las jornadas Tierra de Nadie, y esperamos encontrarnos con ellos en el futuro para que nos enseñen algún proyecto nuevo, lo que sería señal de que hay otra editorial española ampliando el horizonte lúdico nacional.