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Arcilla, madera, grano y pescado

 

En el noroeste de Francia se encuentra la ciudad de El Havre, famosa por ser el segundo puerto más importante de Francia por detrás tan solo del de Marsella. También es conocida por estar su centro inscrito por la Unesco como patrimonio de la humanidad, tras ser reconstruido después de los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial. Pero lo más probable es que la mayoría de nosotros la conozcamos solamente por ser el escenario de un juego de tablero diseñado por el conocidísimo Uwe Rosenberg llamado como la propia ciudad: Le Havre. Ahora, dentro del mundo lúdico la ciudad vuelve a ser noticia, ya que, al igual que ya hizo con su archifamoso Agricola, el diseñador ha lanzado una versión del juego para solo dos jugadores y con una duración de partida bastante inferior a la del original.

 

 

Le Havre: El Puerto Fluvial, editado en España por Homoludicus, es el título de esta versión de dos jugadores del juego de Rosenberg en el que nos ofrece una nueva depuración de las mecánicas de juego que ha ido trabajando a través de sus diferentes diseños. Así, si el sistema de juego de Agricola se nos ofrecía refinado y mejorado en Le Havre, las reglas de este último evolucionaban para convertirse en las de Ora et Labora, hasta el momento el mejor juego de este autor. Con El Puerto Fluvial Rosenberg hace un ejercicio de síntesis y ofrece una mezcla de Ora et Labora y Le Havre jugable en menos de una hora y con un reglamento muy sencillo. No es que se pueda decir que sus anteriores productos fueran complejos en cuanto a reglas, pero este último lanzamiento es realmente simple. Además, ofrece en mi opinión una experiencia de juego mejor que la que nos puede dar la versión para dos jugadores de Agricola, llamada Animales en la Granja.

 

 

En la caja de El Puerto Fluvial, pequeña y manejable, encontramos dos tableros de jugador con un almacén dibujado en cada uno, dos tableros con rondeles, que se usan para poner en marcha la mecánica principal del juego así como para servir de reloj de la partida, que dura doce turnos, un tablerito con un resumen de los edificios del juego, losetas de edificios y de monedas y unos cubitos de madera para indicar en los tableros de almacén la cantidad de recursos que posee cada jugador. La edición que he jugado es la de Z-Man Games, de manera que no puedo decir cómo es la calidad de los componentes de la de Homoludicus, pero si son iguales que los que yo he tenido en mis manos puedo decir que son de buena calidad. El diseño gráfico es bastante sobrio, dirigido exclusivamente a la funcionalidad, ofreciendo el juego un aspecto un tanto austero que a primera vista da una impresión pobre. Esta impresión desaparece en cuanto comenzamos la partida y vemos que nos encontramos ante un muy buen juego, con bastante profundidad y decisiones difíciles todos los turnos.

 

 

El juego consta, como dijimos más arriba, de doce turnos. En cada uno de ellos los jugadores tendrán varias acciones. En los tres primeros se llevarán a cabo tres acciones, en los tres siguientes, cinco, y así hasta las nueve de los tres últimos.  Los rondeles dividen los tableros en seis zonas con los siguientes valores: 0, 2, 3, 4, 4 + moneda y "!". Al cambiar de turno, el rondel se mueve provocando que un edificio que estuviera en el 0 ahora esté en el 2, uno en el 2 ahora está en el 3, y así. Cada vez que le toca a un jugador realizar una acción, este puede comprar un edificio o usar uno que esté en su tablero o en el tablero del oponente, pagándole a este una moneda. Si compra un edificio deberá pagar los recursos o monedas necesarios y colocarlo en el sector 0 de su tablero. Si usa un edificio, tanto suyo como del oponente, usará la habilidad de este tantas veces como el número del sector en el que se encuentre, y lo desplazará al sector 0 después. Es decir, que si se usa un edificio que está en el 3, este se usará tres veces y acto seguido se colocará en el sector 0. Un edificio que está en el sector marcado con un signo de admiración deberá ser vendido, obteniendo la mitad de su valor el jugador que lo venda, de manera que hay que procurar que ninguno llegue a estar en ese sector.  Para comprar edificios lo normal es pagar recursos, y las habilidades de los edificios en su mayoría consisten en obtener o transformar recursos. Para registrar lo que tiene cada jugador el juego viene con un original tablero de almacén, en el que se desplazará el marcador de un recurso a izquierda o derecha para indicar que se pierde o se gana una unidad de un recurso, y arriba o abajo para indicar que se ganan o se pierden tres unidades del mismo. Es decir, mover el cubo amarillo del grano hacia arriba quiere decir que hemos ganado tres unidades de grano, mientras que desplazarlo hacia la derecha quiere decir que hemos ganado una.  El tablero está diseñado de manera que una vez se ha llegado a tener determinada cantidad de recursos los jugadores deben administrarse muy bien para no desaprovechar acciones, por ejemplo usando un edificio que mueve el indicador tres pasos hacia la derecha cuando el indicador ya está a tan solo un espacio de distancia del final de la línea.

 

 

Una partida de Le Havre: El Puerto Fluvial consiste en comprar edificios y usarlos en el momento preciso para aprovechar de la mejor manera posible sus habilidades para comprar más y mejores edificios. Hacia el final de la partida aparecerán algunos que en vez de dar recursos o transformarlos otorgarán puntos al final de esta, de manera que hay que optimizar al máximo las acciones para poder adquirir cuantos más mejor. Dicho así suena muy sencillo, pero en realidad este juego nos plantea todo un reto. Cada jugador debe intentar que sus edificios lleguen a una zona que le permita usar su habilidad más veces, pero se arriesga a que los utilice el otro jugador, con lo que él solo ganará una moneda y el edificio usado se desplazará al cero, donde es inservible hasta el turno siguiente. Es necesario acumular dinero para usar edificios del otro jugador, pero la mayoría de estos se construyen usando recursos. Además hay que estar muy pendiente del final de la partida, ya que aunque al principio parece que va a dar tiempo a todo, en realidad este está muy ajustado y requiere de toda la capacidad de cálculo y anticipación de los jugadores.

 

 

Se suele decir que los buenos perfumes vienen en frascos pequeños. Le Havre: El Puerto Fluvial hace suya esa máxima adaptándola al mundo de los juegos de mesa, ofreciendo partidas con mucha tensión y profundidad de juego en una caja pequeña y fácil de transportar. Las únicas pegas que se le pueden poner son que la duración de las partidas van más allá de los 30 minutos que dice la caja, aunque no creo probable que pasen de una hora en ninguna ocasión, y que el apartado gráfico del juego es un poco sobrio y se habría agradecido que estuviera un poco más trabajado. Dos cositas apenas sin importancia si las comparamos con las magníficas partidas que nos depara este pequeño juegazo de Uwe Rosenberg.

 

Todas las imágenes de esta reseña se han obtenido de Boardgamegeek.